Un estudio del ADN de Jonathan, el animal terrestre más longevo conocido, identifica 287 variantes genéticas relacionadas con la reparación celular, la protección frente al cáncer y la inflamación. Los científicos también han descubierto que parte de su actividad genética se conserva en condiciones similares a las de tortugas mucho más jóvenes.
Una tortuga gigante que lleva casi dos siglos viva podría ayudar a comprender por qué algunos organismos envejecen mucho más lentamente que otros. Un equipo internacional de científicos ha analizado el ADN de Jonathan, una tortuga de 194 años, y ha encontrado características genéticas que podrían explicar su extraordinaria longevidad.
La investigación, publicada el 7 de octubre de 2026 en la revista Science Advances, identifica 287 variantes genéticas vinculadas a procesos fundamentales para mantener el funcionamiento de las células. Entre ellos destacan la reparación del ADN, el metabolismo energético, la regulación de la inflamación y los mecanismos de protección frente al cáncer.
Sin embargo, el descubrimiento más llamativo no está únicamente en sus genes, sino en la forma en que estos continúan funcionando después de casi dos siglos. Los investigadores han comprobado que determinados mecanismos de regulación genética presentan características similares a las de ejemplares mucho más jóvenes.
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Jonathan nació alrededor de 1832 y sigue vivo
Jonathan es una tortuga gigante de Aldabra que vive en la isla de Santa Elena, un territorio británico situado en el Atlántico Sur.
Se calcula que nació alrededor de 1832, aunque su edad exacta no puede establecerse con absoluta precisión. Llegó a la isla en 1882 procedente de las Seychelles y desde entonces reside en los jardines de Plantation House, la residencia oficial del gobernador.
Su longevidad resulta excepcional incluso para su especie, conocida por alcanzar edades muy superiores a las de la mayoría de los animales terrestres.
A pesar de sus 194 años, Jonathan mantiene una actividad relativamente buena. Ha perdido la visión y presenta algunas limitaciones asociadas a la edad, pero continúa alimentándose, desplazándose y respondiendo a los cuidados de sus responsables.
Su extraordinaria supervivencia lo ha convertido en un ejemplar de especial interés para los investigadores que estudian los mecanismos biológicos del envejecimiento.
Identifican 287 variantes genéticas relacionadas con la longevidad
Para estudiar las características de Jonathan, los científicos secuenciaron su genoma y analizaron los mecanismos que regulan la actividad de sus genes.
El resultado fue la identificación de 287 variantes genéticas particulares, algunas relacionadas con funciones esenciales para prevenir el deterioro celular.
Entre los procesos estudiados figuran la reparación de daños en el ADN, la eliminación de componentes celulares defectuosos, la regulación de la insulina y la protección frente a determinados procesos tumorales.
Los investigadores utilizaron modelos informáticos para evaluar estas variantes y estimaron que 41 podrían tener consecuencias funcionales relevantes.
De ellas, 12 aparecen relacionadas con genes incluidos en bases de datos científicas sobre envejecimiento humano.
Entre los genes identificados destacan FOXO3, ERCC1 y POT1, asociados a procesos como el mantenimiento del ADN, la autofagia y la protección de los extremos de los cromosomas.
Los científicos advierten, no obstante, de que todavía no se ha demostrado que estas variantes sean las responsables directas de la longevidad de Jonathan.
Sus células conservan características de una tortuga de cinco años
Uno de los resultados más sorprendentes apareció al estudiar el epigenoma, el conjunto de mecanismos químicos que regulan cuándo se activan o desactivan los genes sin modificar la secuencia del ADN.
Con el envejecimiento, estos mecanismos suelen experimentar alteraciones que dificultan el funcionamiento de las células.
Sin embargo, en Jonathan los investigadores encontraron un grado de conservación excepcional.
Al comparar sus resultados con los de otras tortugas gigantes de Aldabra, descubrieron que 272 regiones reguladoras de sus genes mantenían características similares a las de un ejemplar de apenas cinco años.
Estas regiones participan en procesos vinculados al funcionamiento de las mitocondrias, encargadas de producir buena parte de la energía que necesitan las células.
El hallazgo apunta a que la estabilidad de determinados mecanismos genéticos podría desempeñar un papel fundamental en la capacidad de algunos animales para vivir durante periodos extraordinariamente largos.
No significa que todas las células de Jonathan tengan una edad biológica de cinco años, sino que ciertos mecanismos de regulación genética presentan un estado de conservación inusual.
Las mitocondrias podrían ser fundamentales para retrasar el envejecimiento
Las mitocondrias son estructuras celulares responsables de generar la energía necesaria para numerosos procesos biológicos.
Con el paso de los años, su funcionamiento suele deteriorarse, lo que puede contribuir a la acumulación de daños celulares y al desarrollo de enfermedades asociadas a la edad.
Los científicos consideran que la capacidad de Jonathan para mantener una regulación estable de los genes vinculados al metabolismo energético podría ser una de las claves de su longevidad.
Una producción eficiente de energía permitiría conservar mejor funciones esenciales, entre ellas los mecanismos de reparación del ADN.
El estudio también sugiere que la reducción de alteraciones en los sistemas de regulación genética podría contribuir a mantener durante más tiempo la actividad normal de las células.
Los investigadores pretenden determinar si estos mecanismos pueden modificarse mediante intervenciones que ayuden a ralentizar algunos procesos del envejecimiento.
¿Podría este descubrimiento ayudar a prolongar la vida humana?
El objetivo de la investigación no es únicamente explicar cómo Jonathan ha conseguido vivir casi dos siglos.
Los científicos quieren comprobar si los mecanismos identificados pueden aportar nuevas estrategias para prevenir enfermedades relacionadas con la edad y prolongar los años de vida saludable.
Algunos de los genes estudiados participan también en procesos biológicos presentes en los seres humanos, como la reparación del ADN, la regulación del metabolismo y la eliminación de componentes celulares dañados.
Por ello, los resultados podrían orientar futuras investigaciones sobre tratamientos dirigidos a conservar la función mitocondrial y reducir el deterioro celular.
No obstante, los especialistas insisten en que los resultados deben interpretarse con cautela. El trabajo se centra principalmente en un ejemplar excepcional y las diferencias biológicas entre tortugas y humanos son considerables.
Además, todavía es necesario determinar qué variantes genéticas influyen realmente en la longevidad y cuáles simplemente están presentes en Jonathan sin tener un papel determinante.
El estudio tampoco demuestra que sea posible reproducir sus características biológicas mediante medicamentos o terapias genéticas.
Una oportunidad para comprender por qué envejecemos
La investigación ofrece una nueva perspectiva sobre el envejecimiento al mostrar que la longevidad podría depender tanto de las variantes presentes en el ADN como de la capacidad del organismo para mantener estable su regulación genética.
Los investigadores consideran especialmente prometedor estudiar por qué algunas regiones del epigenoma de Jonathan han sufrido tan pocas alteraciones pese al paso de los años.
Comprender estos mecanismos podría ayudar a identificar nuevas vías para combatir enfermedades asociadas al envejecimiento, aunque sus posibles aplicaciones médicas todavía se encuentran lejos de estar demostradas.
Mientras continúa la investigación, Jonathan permanece en Santa Elena, donde lleva viviendo desde hace más de 140 años. Su caso representa una oportunidad científica excepcional para estudiar cómo un organismo puede conservar funciones celulares esenciales durante casi dos siglos.
