El estrés puede ser una ayuda para responder ante un problema puntual, pero se convierte en una carga muy peligrosa cuando el cuerpo no descansa. Insomnio, fatiga, irritabilidad y tensión muscular son algunas de las señales de alerta que avisan de que el sometimiento a un estrés crónico está afectando a la salud física y emocional. Detectarla a tiempo es la mejor estrategia para pedir ayuda médica y el bienestar antes de que la patología vaya a peor.
¿Cómo podemos identificar el estrés? Si el día termina, pero la cabeza sigue en la oficina, en las facturas o en una conversación pendiente, es probable que tengas ya algo de estrés. Si estás en el sofá, pero tu cuerpo permanece tenso sin motivo aparente, tal vez también tengas estrés. Pero, ¿cuál es la diferencia entre padecer estrés puntualmente y estrés crónico?
El estrés sostenido afecta a personas expuestas durante semanas o meses a exigencias laborales, familiares, económicas o personales que son difíciles de resolver. O, al menos, quien lo padece lo siente así. El síndrome de desgaste profesional, el desempleo prolongado y los problemas económicos familiares son algunas de las causas más frecuentes del origen del estrés crónico.
Ante estas situaciones, el organismo activa la respuesta de estrés para protegerse. Cuando desaparece la amenaza, recupera sus niveles habituales. El problema surge cuando no llega esa recuperación y la exposición mantenida a hormonas del estrés alteran la salud personal.
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Estrés crónico: qué ocurre dentro del cuerpo
El funcionamiento del estrés es muy sencillo. El hipotálamo activa una señal de alarma cuando interpreta una amenaza, haciendo que esa región cerebral envíe señales nerviosas y hormonales a las glándulas suprarrenales. Las glándulas suprarrenales, a su vez, liberan adrenalina y cortisol. Este mecanismo es una respuesta natural de los humanos para preparar al cuerpo ante una exigencia inmediata.
En combinación a este funcionamiento, la adrenalina acelera el ritmo cardíaco y eleva la presión arterial, mientras que el cortisol aumenta la glucosa disponible en sangre y facilita su uso por el cerebro. El cortisol también es responsable de reducir temporalmente funciones menos prioritarias como parte de la respuesta fisiológica ante la alerta.
A la hora de reducir el estrés, el cuerpo suele limitar esta respuesta por sí mismo. Cuando pasa el factor estresante, bajan la adrenalina y el cortisol, y la frecuencia cardiaca y la presión arterial recuperan valores normales. Si la presión se mantiene, esa regulación pierde eficacia y el organismo prolonga un estado que estaba pensado para durar poco.
Síntomas de estrés crónico a tener en cuenta
El estrés crónico se expresa de distintas maneras, pero suele haber algunos factores comunes. Fatiga, cansancio, irritabilidad, cambios de humor, dolores de cabeza, alteraciones del sueño, problemas de memoria, sensación de debilidad y ataques de pánico son algunos de ellos que, si bien es cierto que de modo aislado no confirman padecer estrés crónico, es importante tenerlos en cuenta y ver su evolución y persistencia.
Del mismo modo, el estrés prolongado está asociado también con tensión muscular, dificultades para concentrarse, problemas digestivos, aumento de peso, ansiedad y bajo estado de ánimo. Al respecto, el organismo no separa con facilidad la presión emocional de sus efectos físicos. Por eso, una preocupación continuada a lo largo del tiempo puede acabar apareciendo en un sueño, afectar al estómago, al apetito o la capacidad de pensar con claridad.
Dormir mal una noche no supone un problema de estrés crónico, pero encadenar semanas de descanso insuficiente, perder la paciencia con frecuencia o sentir que cualquier tarea supera la capacidad disponible sí pueden ser indicadores de que se padece estrés crónico. Así que hay que estar pendiente para evitar que el problema llegue a mayores. Lo importante es pedir ayuda antes de haber llegado a un límite.
En los casos graves, un profesional sanitario orientará y dará el apoyo adecuado. Quien valore la atención privada puede comparar seguros de salud y revisar cuadros médicos, copagos, carencias, así como si incluye la hospitalización o la cobertura de psicología antes de contratar.
Cómo frenar el estrés crónico
Identificar los desencadenantes es un primer paso para, posteriormente, poder detectar patrones: momentos del día, tareas, conversaciones o situaciones que disparan la sensación de sobrecarga. Para frenar el estrés crónico es importante, además de pedir ayuda, empezar a realizar rutinas que indiquen al cuerpo que la alerta ha terminado.
Alimentación saludable, ejercicio regular y sueño suficiente, así como prácticas de relajación, como respiración profunda, meditación, yoga o masajes, son buenas tareas para reducir el estrés. Del mismo modo, otras medidas sencillas que ayudan son:
- Reservar pausas breves entre tareas y reducir notificaciones fuera de horario laboral
- Separar las obligaciones urgentes de las que pueden esperar o delegarse.
- Mantener contacto con amistades y familiares de confianza.
- Recuperar actividades agradables, desde caminar hasta leer o escuchar música.
- Evitar usar alcohol, tabaco, sustancias o comida en exceso para desconectar.
El estrés forma parte de la vida, pero el agotamiento sostenido no tiene que convertirse en costumbre. Escuchar las señales, recuperar descansos y hablar con un profesional cuando el malestar persiste permite cuidar la salud antes de que el cuerpo llegue a su límite nos lleve a un estado de estrés crónico.
