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La desaparición de los pinos de la Cordillera Cantábrica amenaza al urogallo

La clave del problema de la recuperación y conservación del urogallo cantábrico podría estar en no haber ligado hasta ahora el decaimiento de los pinares. Esta es la conclusión que se desprende de un estudio que el Journal of Biogeography publica en su último número. Los científicos piden medidas de conservación urgentes para la protección de los pinares naturales cantábricos.

Urogallo cantábrico (Tetrao urogallus cantabricus) en el Parque Natural de Redes (Asturias). Foto: Javier Robres.

Un equipo de investigadores de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) ha reconstruido los paisajes de la Cordillera Cantábrica para interpretar la situación actual de los bosques de pino silvestre (Pinus sylvestris) y su implicación en la supervivencia del urogallo cantábrico (Tetrao urogallus cantabricus), ave en peligro de extinción.

La investigación se realizó en Vega de Viejos, una zona a 1.300 metros de altitud donde hoy no quedan prácticamente pinos silvestres.

Según el trabajo, que aparece en el último número del Journal of Biogeography, los pinares de las zonas oceánicas de la Cordillera Cantábrica empezaron su decaimiento hace 10.000 años. Sin embargo, la primera evidencia del deterioro por la acción del ser humano (pastoreo, tala de árboles, agricultura) tiene 5.000 años. Desde entonces, la situación de los pinares ha empeorado, y con ellos, la del urogallo cantábrico.

Juan Manuel Rubiales, autor principal del estudio, confirma a SINC que el urogallo cantábrico, ave genéticamente original y emblemática de los bosques montanos, ha cambiado sus hábitos, “probablemente de manera forzosa”, para asegurar su persistencia.

Rubiales insiste en que la inestabilidad poblacional de estas aves “puede estar agravada por la ausencia de coníferas naturales en los ecosistemas mejor conservados de su hábitat” en la montaña cantábrica. En la mayor parte de su área de distribución europea, los urogallos se mantienen en invierno gracias a una alimentación basada en hojas y yemas de pinos.

Aunque los pinares montanos cantábricos de pinos silvestres estén protegidos por las leyes regionales, no lo están por la directiva europea Hábitats. Los científicos sugieren estrategias de conservación urgentes y que se incluyan en esta directiva “por sus implicaciones biogeográficas”.

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Referencia bibliográfica:

Rubiales, Juan M.; García-Amorena, Ignacio; García Álvarez, Salvia; Gómez Manzaneque, Fernando. “The Late Holocene extinction of Pinus sylvestris in the western Cantabrian Range (Spain)” Journal of Biogeography 35(10): 1840-1850 OCT 2008.

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Fuente: SINC

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ESPECULACIÓN Y CONOCIMIENTO CIENTÍFICO EN TORNO A LAS CAUSAS DEL DECLIVE DEL UROGALLO CANTÁBRICO

En su artículo del Journal of Biogeography, Rubiales y colaboradores aportan y analizan un interesante conjunto de datos sobre el pasado del pino silvestre en la Cordillera Cantábrica. De este análisis concluyen que la historia de los urogallos cantábricos se vio afectada, casi con certeza, por la desaparición de los bosques de coníferas en esta área, cuando estos fueron sustituidos por frondosas. En su comentario adjunto, señalan además que los urogallos cantábricos son muy diferentes del resto de sus congéneres y que las poblaciones europeas más amenazadas o extinguidas coinciden con las que viven en áreas donde las coníferas son escasas. Finalizan cuestionándose si el urogallo despreció las coníferas en el pasado o tuvo que adaptarse a vivir sin ellas, y proponiendo la dinámica de la vegetación a largo plazo (unos miles de años) como una de las causas del actual declive del urogallo cantábrico.

Rubiales y colaboradores se equivocan al plantear como válida su “teoría” porque no haya datos que la desmientan. Ellos han planteado una hipótesis, y ellos son quienes deben aportar datos y análisis que la apoyen, como única vía para diferenciarla de una mera especulación. No pueden darla por válida sin más, desafiando a los demás a probar que es incorrecta. En todo caso, aquí van algunos argumentos, basados en lo que sabemos sobre los urogallos cantábricos, opuestos a sus argumentos basados en lo que sabemos sobre los pinos silvestres.

No es cierto que los urogallos cantábricos sean completamente diferentes del resto de sus congéneres. Genéticamente se agrupan junto con otras poblaciones que viven exclusivamente en el sur de Europa (desde España hasta Bulgaria) formando un linaje “meridional” (ver suplemento del artículo de Duriez y colaboradores). Todas ellas difieren a su vez del resto de los urogallos que viven en los grandes bosques de coníferas del centro y norte de Europa, constituyendo un linaje “boreal”. A la luz de esta marcada estructuración geográfica, si tuviésemos que especular respecto al grado de vinculación de los urogallos a los bosques boreales, llegaríamos a la conclusión de que ambos linajes están muy diferenciados.

No sólo las poblaciones situadas en zonas donde las coníferas son muy escasas, están gravemente amenazadas o ya extinguidas. Se trata de un problema común en gran parte de Europa. En todos los casos se ha constata una importante pérdida y fragmentación del hábitat en que viven esas poblaciones, independientemente de la abundancia o escasez de coníferas (ver, por ejemplo, Storch, 2007 y Boev y colaboradores, 2008).

No tiene sentido cuestionarse si el urogallo cantábrico despreció las coníferas en el pasado o si se tuvo que adaptar a vivir sin ellas porque estas desaparecieron. Esta es una cuestión trivial a la hora de explicar su actual declive poblacional. Sabemos, de hecho, que los urogallos cantábricos actuales también viven en los escasos bosques de coníferas que quedan en la Cordillera Cantábrica. Se alimentan de acículas de pino cuando estas están disponibles, de igual modo que se alimentan de muchas otras plantas en la mayor parte del área, en la que no existen coníferas. Esto indica que pueden vivir tanto con coníferas como sin ellas.

Es absurdo plantear que los cambios en la vegetación ocurridos hace miles de años, hayan sido la causa del declive actual (últimos treinta años) de una población de aves (el único declive documentado hasta ahora en la historia de los urogallos cantábricos). La longevidad máxima de un pino supera probablemente en más de dos órdenes de magnitud a la de un urogallo. Los pinos pueden dejar de reproducirse y aún así persistir durante muchos cientos de años en una región. En el caso de los urogallos, si el hábitat no es adecuado, la población se extingue en pocas décadas. Que los urogallos hayan sobrevivido durante no menos de 2.000 años sin coníferas, es una prueba sólida de que no dependen de ellas en modo alguno.

Efectivamente, estudiar el pasado puede ser fundamental para interpretar el presente y para ayudar a plantear hipótesis sobre el futuro. Sin embargo, si el objetivo es avanzar en el conocimiento, estas interpretaciones deben hacerse desde una perspectiva científica. La información disponible sobre la dinámica de la población de urogallos en la Cordillera Cantábrica abarca un periodo de 30 años. Explicar esa dinámica reciente en función de un cambio en la vegetación acaecido hace más de 2.000 años, es un sinsentido.

Rolando Rodríguez Muñoz. Universidad de Exeter, Reino Unido.

El conocimiento del pasado también ayuda a gestionar el presente …y a conservar el futuro.

Tras una lectura cuidadosa de nuestro artículo el lector detectará que se postula una hipótesis nueva, con datos que sí apoyan positivamente la relación entre urogallo y pino silvestre. Quizá lo llamativo del trabajo no esté tanto en la novedad de la información presentada como en la integración de diversos tipos de datos disponibles que apuntan hacia una misma dirección. Sin embargo, lo que no hemos sido capaces de encontrar en la dilatada literatura científica sobre el urogallo cantábrico es algún dato que desmienta nuestra teoría.

La montaña cantábrica es hoy un gran conjunto montañoso en el que existen muy pocos pinares naturales. Tan solo quedan unas cuantas reliquias, la más famosa la del pinar de Lillo, en la provincia de León. La novedad del trabajo que ahora publicamos fue el hallazgo de macrorrestos correspondientes a un bosque fósil de pino silvestre en la zona occidental de la cordillera, alejada de las ya conocidas, que desapareció hace tan solo dos milenios. En efecto, los primeros resultados palinológicos que demostraban la importancia de los paisajes pinariegos en la cordillera datan ya de hace más de cuarenta años (ver referencias en el texto). Pero a pesar de los numerosos yacimientos estudiados, la palinología poco informaba sobre las especies de pinos implicadas, la sedimentología no siempre aportaba cronologías precisas y era incapaz de informar con detalle sobre los lugares en los que había unas u otras formaciones forestales (el polen vuela). Los autores han extraído información de muchas localidades de la Cordillera, si bien sólo una es novedosa y la inmensa mayoría de las otras son resultado de las investigaciones del mismo equipo, llevadas a cabo, por cierto, también durante décadas. Aún así, diez años desde que se reivindicaron los pinares cantábricos como naturales tampoco resulta mucho tiempo en comparación con el lastre y prejuicios que se arrastran desde hace casi un siglo. El artículo habla de nuevas poblaciones holocenas de Pinus sylvestris donde ahora no las hay. Habla pues de un nuevo testimonio fósil de la presencia de este tipo de bosque hace muy poco tiempo, en la montaña cantábrica.

Ese nuevo dato se enmarca en un contexto regional en el que tampoco es un lugar común que algunos botánicos acepten estos pinares como naturales. Aprovechando ese contexto regional en el que los pinares son una reliquia del pasado se liga la presencia (¡¡¡no la subsistencia!!!) de otra reliquia, en este caso zoológica. Ese dato nuevo y esa contextualización regional sirven para llamar la atención sobre la coincidencia en el límite occidental extremo del urogallo con las poblaciones occidentales extremas de pino silvestre. Es posible que las poblaciones de pino escocesas estén aún más a occidente.... coincidiendo curiosamente con poblaciones de urogallo que se extinguieron en el siglo XVIII y que fueron reintroducidas un siglo después (Harvie-Brown, 1879). Por otro lado, los recientes e interesantes datos genéticos de pino y urogallo ponen de manifiesto que las poblaciones cantábricas son muy diferentes de las del resto de sus congéneres europeos, y apuntan no solo a la existencia de refugios para sendas especies en el área cantábrica sino también a un largo aislamiento poblacional.

Intuitivamente, lo más fácil es pensar que las cosas han sido siempre como son ahora o como han sido a lo largo de nuestras experiencias vitales. Pero quizá convenga también despojarse de prejuicios y mirar hacia atrás para intentar comprender los procesos desde una perspectiva temporal más amplia. En el caso de la cordillera Cantábrica, en el que la historia se va conociendo tan bien, merece la pena. Gracias a los numerosos datos paleobotánicos, sabemos que el paisaje en el que los urogallos vivieron durante los últimos diez mil años, estuvo salpicado de pinares. Y hasta hace alrededor de cuatro mil años, muy poco poblado de hayas (ver referencias en el texto).

El urogallo, fuera del área cantábrica, consume mayoritariamente hojas y yemas de coníferas durante la mayor parte del año. Y no solo a los ojos de los investigadores del norte de Europa, lo mismo ocurre en las poblaciones pirenaicas. Fueron precisamente investigadores de la universidad de Oviedo (Rodríguez & Obeso, 2000) los que demostraron que la dieta del urogallo cantábrico está fuera de esa generalidad, y se encuentra muy condicionada con las existencias a escala local. Los mismos investigadores sugirieron que la ausencia de coníferas podría ser un factor limitante para la supervivencia de la subespecie durante el invierno, el periodo más desfavorable.

La idea de ligar el habitat del urogallo a las coníferas, incluyendo aquí a los pinos montanos (Pinus sylvestris y Pinus uncinata) no es por tanto ni gratuita, ni exclusiva de investigadores noreuropeos. Precisamente, en las dos regiones en las que no se cumple esa regla general (la cantábrica y la del sur de los Urales) el urogallo se encuentra críticamente amenazado o lamentablemente ya se ha extinguido (ver Storch, 2007, Grouse: Status Survey and Conservation Action Plan, pag. 50, la misma referencia a la que aluden los replicantes).

Suponemos que todos estaremos de acuerdo en admitir que el conocimiento de la evolución a largo plazo del hábitat del urogallo es de vital importancia a la hora de proponer medidas de gestión y conservación, a las que se hoy se destinan una gran cantidad de recursos. Siempre se había dicho que en los ambientes montanos del NO de la península Ibérica, dominados hoy por matorrales y bosques de frondosas, el urogallo cantábrico había desarrollado adaptaciones únicas a un hábitat diferente, sin coníferas. ¿pero qué es lo que está detrás de esta rareza? ¿este urogallo tan especial despreció ancestralmente a las coníferas con las que convivía? ¿o no tuvo más remedio que aguantar sin ellas?

Lo potencialmente peligroso, especulativo y desinformador es contar solo una parte de la historia, o desacreditar a las demás sin argumentos. Nuestra intención no es hacer ver al emperador que no lleva traje encima. Se trata más bien de reunir opiniones respaldadas científicamente, para que entre todos, zoólogos, genéticos, geobotánicos, paleoecólogos y gestores sepamos evaluar, decidir, asesorar y adoptar las mejores estrategias de conservación. Los factores de amenaza clásicos (la degradación del hábitat, la fragmentación de poblaciones y la actuación humana) en absoluto pierden valor como tales. Nuestra idea quizá sume, ya que las propuestas y las soluciones no son excluyentes; las que proponemos nosotros, ni siquiera costosas, por lo que ¿por qué negar la oportunidad a la dinámica de la vegetación a largo plazo, como una pieza más del rompecabezas del decaimiento del urogallo en la cantábrica?

Juanma Rubiales
Fernando Gómez Manzaneque
Ignacio García-Amorena
Salvia García Álvarez

Universidad Politécnica de Madrid

De pinos y urogallos en la Cordillera Cantábrica

Hace más de una década, se publicaron los primeros estudios paleo-ecológicos que revelaron que los pinares de Pinus sylvestris ocuparon extensiones más amplias en la Cordillera Cantábrica antes del Holoceno. Estos mismos estudios, sugerían también que la influencia humana sobre la distribución de las especies arbóreas se remonta a 5.000 años atrás. Entre otros, podemos citar a García Antón y colaboradores (1997) Journal of Biogeography, Muñoz Sobrino y colaboradores (1997, 2001) Vegetation History and Archaeobotany. La información recién publicada por Rubiales y colaboradores en Journal of Biogeography parece incidir por tanto en cuestiones ya bien establecidas.

La principal novedad del trabajo, destacada en la reseña, parece residir en relacionar el actual declive de la población de urogallo de la Cordillera Cantábrica con la virtual ausencia de pinares en esta área. Esta novedad constituiría una contribución importante, de no ser porque los autores del artículo no aportan datos que apoyen dicha relación. Los autores han extraído sus conclusiones sobre la ecología y conservación de la actual población de urogallo a partir del análisis de macrofósiles de Pinus sylvestris, obtenidos en una única localidad de la Cordillera Cantábrica, ignorando la información disponible sobre los propios urogallos. El resultado son unas conclusiones meramente especulativas, y potencialmente peligrosas para la gestión del urogallo.

La tradicional dominancia de investigadores del norte de Europa extendió la idea de que los urogallos son aves boreales, adaptadas a comer acículas de coníferas. La reciente incorporación de análisis genéticos, cuyos resultados abarcan una escala temporal más amplia, ha permitido revisar afirmaciones de este tipo, mostrando que las zonas más meridionales de Europa constituyeron refugios durante los máximos glaciales (Hewitt 1999 Biological Journal of the Linnean Society). Los urogallos cantábricos podrían de hecho pertenecer a un linaje más antiguo que el de los boreales, y constituyen una Unidad Evolutiva Significativa (Rodríguez-Muñoz y colaboradores 2007 Conservation Genetics) sujeta a sus propios procesos adaptativos. Este linaje está presente además en otras poblaciones meridionales Europeas muy alejadas de España y del cinturón de bosques boreales, en países como Bulgaria, Grecia y Rumania.

Debemos ser especialmente cuidadosos al comparar la ecología del urogallo cantábrico con la de sus congéneres de otros territorios. Hasta el momento, una de las pocas características ecológicas comunes entre el urogallo cantábrico y los gallos boreales es la aparente dependencia del arándano Vaccinium myrtillus (Storch 2007 Grouse: Status Survey and Conservation Action Plan 2006-2010 IUCN), una especie que no está ligada a los bosques de coníferas. Los datos paleoecológicos indican que los urogallos cantábricos han convivido con robles, hayas y abedules, al menos durante todo el Holoceno (10.000 años). Demostrar la posible existencia de procesos adaptativos de los gallos cantábricos a los bosques caducifolios, y de los boreales a los de coníferas, es una tarea compleja que debería ser abordada desde una perspectiva científica, más allá de asunciones o especulaciones.

Por otra parte, hoy en día no disponemos de técnicas que permitan estudiar la dinámica de las poblaciones de urogallo Cantábrico durante los últimos 10.000 años. Del artículo de Rubiales y colaboradores se deriva que este declive comenzó hace miles de años, pero no aporta ningún dato que lo confirme. En realidad, todo lo que sabemos respecto a este declive, se basa en las evidencias acumuladas en las tres últimas décadas, publicadas en diferentes artículos científicos (Quevedo y colaboradores 2006 Wildlife Biology, Quevedo y colaboradores 2006 Biological Conservation, Storch y colaboradores 2006 Journal of Ornithology). Del contenido de esos estudios cabe destacar en este contexto: (1) no hay evidencias que indiquen que el urogallo depende de alguna especie arbórea en particular, sino de una estructura forestal adecuada y de suficiente disponibilidad de hábitat; (2) el hábitat forestal montano nativo de la Cordillera Cantábrica ha sido reducido por la actividad humana en un 78%, comprometiendo la conectividad dentro del hábitat del urogallo.

Las perspectivas de conservación del urogallo cantábrico son sombrías. Con los datos demográficos disponibles, la población tiene una viabilidad de menos de 30 años. Es comprensible que esto atraiga la atención de muchos investigadores interesados en desvelar las causas del proceso, pero no debemos olvidar que cualquier error o desinformación puede desenfocar las decisiones de los gestores. Estamos totalmente de acuerdo en la necesidad de conservar los escasos bosques autóctonos de Pinus sylvestris de la Cordillera Cantábrica, pero a la luz de la información disponible, esa necesidad no puede ser ligada en modo alguno a la conservación de los urogallos cantábricos.

Mario Quevedo, María José Bañuelos. Universidad de Oviedo
Rolando Rodríguez-Muñóz, Exeter University
Alberto Fernández-Gil, Estación Biológica de Doñana (CSIC)



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